De una cultura sin lágrimas
A veces hablamos de tabúes, de las cosas que la “sociedad” esconde, aquellas que no quiere mencionar. Nos situamos cómodamente por fuera del asunto y comenzamos a nombrar recurrentemente los mismos temas. La sexualidad acapara todas las miradas. La elección homosexual, la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, el aborto, la bisexualidad, y tantas otras vertientes del mismo tema.
Y de manera implícita, vivimos día a día legitimando tabúes sin siquiera cuestionárnoslos. Ya aquí conviene posicionarnos dentro de lo que denominamos “sociedad”, para poder comprender mejor nuestra vivencia. Y mi idea no es hacer referencia a aquellos temas que causan furor en las discusiones entre amigos, ni a aquellas polémicas que nos tocan desde tan lejos.
Que cada uno se pregunte: cuando tengo ganas de llorar, ¿Qué hago? Primera condición: estar en un lugar privado. Ver una persona llorando por la calle nos incomoda, nos descoloca. “Que cosa tan terrible le habrá pasado para andar lagrimeando así…” pensamos. ¿Está permitido llorar? Recuerdo de niña haber visto una vez un cartel que decía: “Prohibido estar triste. ¡Sea feliz!”. ¡Cuánto de nosotros representaba ese cartel!
Desde los significados sociales que damos al llanto, lo convertimos en un tabú. Nos olvidamos de que es un proceso biológico que nos permite expresar nuestras emociones. Un proceso totalmente necesario. Y lo condicionamos a algo privado y oculto (ni hablar del famoso legado “los hombres no lloran”). Algo que nos avergüenza. ¿Qué espacio encontramos día a día en el que podamos desahogarnos y llorar? No olvidemos aquí la importancia de un otro que nos acompañe, que nos consuele.
¿Es malo llorar? ¿Es malo estar angustiado? El no reconocernos en esta necesidad de canalizar y expresar nuestras angustias, es lo que muchas veces nos lleva a los tan temidos estados ansiosos y de estrés. Puede sonar repetitivo, obvio, pero solemos no tenerlo en cuenta: una emoción que se genera en nosotros moviliza nuestro organismo. ¿Hacia dónde se dirige esa pulsión si no logra manifestarse por su vía natural? Si no se transforma en lágrimas, es probable que tome otras formas y nos genere algún malestar. Desde un dolor de estómago hasta insomnio, preocupaciones extremas, miedos exagerados, fobias, y así podríamos seguir subiendo la apuesta.
Hagan un ejercicio: intenten contar cuantas veces en la semana sintieron ganas de llorar. Al llegar el viernes, ya en casa, quizás se sientan desconcertados, no encontrando la causa de esa sensación de opresión en el pecho, o de vacío, o de que algo dentro va a estallar. Y vuelvan a hacer memoria: ¿es posible que ya ni recuerden por qué se sintieron así?
La dificultad de cerrar
Estaba concentrada en las primeras pinceladas de mi nueva obra, mientras los demás integrantes del taller de dibujo alternaban entre mate, acrílicos y anécdotas. Una alumna que daba los últimos retoques a su pintura, comentó: “Hace diez años que empecé este dibujo”.
Y esa frase quedó en mi mente, rondando, llevandome a tantas otras situaciones en las que la dificultad se me presentaba ahí, al intentar dar por finalizado algo.
Cuando esta alumna pusiese su firma en la obra, ¿podría asegurarse que la ha terminado? Podríamos decir que no, que aún así, al verla día a día, encontraría nuevas formas, nuevos retoques para hacer, pues siempre habría algo para agregar, o algo para quitar. Y aunque ya no lo agregase, pues la obra quizás estuviese enmarcada, al verla su foco estaría sobre lo que falta. En ese caso, podríamos decir que en su concepción, la obra aún no estaba finalizada.
¿Cuándo damos por finalizado algo que estamos haciendo? Quizás cuando creemos que está lo suficientemente bien… pero eso sí, jamás estará completamente bien. Porque, como ya sabemos, la perfección no existe. Siempre faltará algo. Entonces, si cuando aquello que falta ya no es nuestro foco, sino que pasa a un segundo plano, a ser tolerable por nosotros, tal vez ahí es cuando decimos “Ya está. Listo. Terminé.”
¿Y qué sucede cuando lo que debemos terminar ya no es una obra, un trabajo, un quehacer? Sino que es un vínculo pasado, un hecho sucedido tiempo atrás, una pena, un dolor, o hasta algún rasgo de nuestra forma de ser. ¡Cuánto más cuesta en esos casos mirar más allá de las imperfecciones, de los peros, de lo que hubiésemos preferido, de lo que faltó!
“Si él no hubiera actuado así..”, “si en lugar de pasar eso, hubiera pasado aquello..”, “si yo no fuese tan así..”. Mientras nuestra historia comience con frases como estas, será una historia infinita, sin índice ni capítulos concluídos, sin temores vencidos, sin pérdidas aceptadas.
Porque en la aceptación de lo que faltó, de lo que no pudimos o no supimos manejar, de lo que salió de nuestro control, de nuestras frustraciones, allí está nuestra capacidad de cerrar.
Allí donde admitimos lo pasado, lo que somos y lo que es el otro, hallamos la tranquilidad para dar vuelta la página y pasar al próximo capítulo.