Frente a mí

junio 1, 2011 at 2:04 am (Presentacion)

Hemos oído hablar mucho de la autoestima. Alta o baja. ¿Se puede medir la valoración propia? ¿Es una variable constante o se modifica en el tiempo? ¿Qué tanto depende la estima de mí mismo de la forma en que me haya sentido valorado en mi niñez?

 Los más racionales podrán decir en este punto que se consideran muy buenos en algunos aspectos, y menos en otros. Como el modelo de fortalezas y debilidades, cada cual puede evaluarse de una manera real y objetiva.

La autoestima a la que quiero referirme hoy va más allá. No se mide con números. No se expresa en cantidades, no es alta ni baja, sino que marca sobre todo cualidad. La cualidad con la que cada uno se describe, en última instancia, frente a los hechos y frente a los demás. Aquello que nos muestra el espejo al vernos reflejados en él.

 Y en esto siempre es mejor acudir a la experiencia para encontrar la información más verídica. Veamos en ejemplos la aparición de la estima del sí mismo.

Imaginen esa situación en la que lo planeado no salió como lo esperaban. Claudio no llevó el lunes aquella documentación tan importante que su jefe le había pedido el viernes. Su compañero, Pablo, no le  recordó la tarea luego del fin de semana. En cuanto el jefe a última hora nota que el papel no ha llegado a destino, Claudio no tarda en decirse, al instante, casi en secreto: “¿Cómo pude olvidarme de algo tan importante?” “Era mi responsabilidad llevarlo, debí acordarme” “¡Soy un inútil!”

Pablo se excusa: “Obviamente yo tengo muchas cosas para hacer, no podía recordar lo que tenía que hacer otro”. “A mí nunca se me hubiese pasado algo tan importante”. “Yo soy muy responsable, cumplo excelentemente con mi trabajo”.

 ¿Qué creen: la situación define a Claudio como inútil y a Pablo como responsable? ¿O es acaso una definición de sí mismos que ya tienen y la aplican como explicación a la situación?

 

 

Ciertamente, es la segunda opción. Claudio termina por llamarse a sí mismo “inútil”, cargándose de culpa por la tarea no hecha. Posiblemente ésta sea su forma de explicar muchas situaciones de su vida: su estilo internalizador lo deja siempre como responsable de las circunstancias. Su estima en este caso aparece reflotando por lo que él considera un error propio.

Y es muy probable que su característica de “inútil” se remonte a años y años. Se haya instalado y congelado. Resulta la perfecta explicación para cualquier imprevisto. Cualquier situación puede reforzarla.

La estima de Pablo también aparece, se piensa responsable, cumplidor. Su estilo externalizador suele poner fuera las responsabilidades. No se hace cargo de su parte en el asunto, de no haberle recordado a su compañero que debía realizar un trámite.

Si regresamos a nuestras vivencias de niños, puede que estos atributos que aplicamos  a nosotros mismos se basen en calificaciones hechas por los más cercanos. En especial en el caso de Claudio, donde la descalificación pudo haber sido la constante en lo que los otros le reflejaban de sí.

¡Ojo! ¿Quién dice hoy que Claudio es inútil? Ya no es quien de chico lo descalificaba. Ahora es él quien se apropió de esta cualidad.

Muchos en cambio suelen mostrarse inmensos, tan inmensos, que ni el más mínimo error les cabe. Su estima suele estar reposada sobre un ideal de perfección que roza lo egocéntrico, que no admite imperfecciones. Y, claro está, suele ser una estima compensatoria la que han desarrollado, la que demuestran con esa inmensidad, para contrarrestar y aplastar la pequeñez con la que se identifican al pensar en sí mismos (podríamos afirmar que quien se siente seguro de sí mismo no encuentra necesidad de mostrarse imbatible).

Es una manera de enfrentar la inseguridad propia, que es algo con lo que todos lidiamos.

La inseguridad surge frente a la percepción del autoestima. Algunos se inflan para no percibirla y evitar así sentirse inseguros, otros la perpetúan continuamente realimentando situaciones que terminan por cumplir la profecía (el “soy un inútil” ya predecía el error).

El camino a seguir es como el trabajo de las hormigas. Como siempre recomiendo, registren lo automático. Las calificaciones que hacemos hacia nosotros mismos suelen ser tan rápidas que no llegamos a prestarles la atención suficiente. Una vez registradas, pónganlas a prueba. ¿Hoy, ahora, se piensan de esa manera?

El pensarse desde una estima desactualizada de sí mismo, lleva a descreer de las propias capacidades, y no acreditarse los logros como propios.

Mantener una falsa imagen de seguridad hacia los demás implica un gran costo. Hacia adentro el dolor suele ser grande. Sincerarse y aceptar que no somos lo inmensos que nos mostramos, ni lo pequeños que nos sentimos, nos hace más reales, y más humanos, sobre todo, frente a nosotros mismos.

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1 comentario

  1. Patricia dijo:

    Muy buen artículo. Hace repensar hasta qué punto la mirada de los otros puede influencia la manera de vernos a nosotros mismos.
    No hay duda de que si hemos crecido, la autoestima depende sólo de nosotros. Somos responsables y debemos hacernos cargo.

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