Cuando la solución es parte del problema

diciembre 20, 2011 at 5:08 am (Presentacion)

¿Se han preguntado últimamente si aquello que creen que está siendo EL problema no será acaso la solución que intentan aplicar al problema de fondo? Tratemos de descifrar el acertijo.

Mariano se da cuenta que estos últimos meses está fumando mucho más que antes. “Me hace mal, me agita, lo quiero dejar. Pero no puedo, el cuerpo me lo pide”. Problema aparente planteado: fumar. Y si le preguntamos a Mariano en qué momentos fuma, dice: “A cada rato en el trabajo, cuando estoy impaciente o nervioso”. ¿Y para qué fuma? “Para bajar mis nervios, para relajarme”. Nuevo problema REAL planteado: ansiedad, nerviosismo. Solución puesta en marcha: fumar.

Luego de fumar unos cuantos cigarrillos, ¿su ansiedad disminuye? ¿Son las ganas de fumar el problema o se ha constituído en la solución que Mariano aplica a su problema de nervios?

Lucía se sintió defraudada de nuevo por su amiga. “No se puede confiar en nadie”, dice, y se encierra en su universo, dispuesta a no salir por un buen rato. Problema aparente: aislamiento, distancia con los demás. Y en medio de esta soledad, ¿Para qué se encierra Lucía? “Para no ser herida de nuevo”. Nuevo problema REAL: creencia de que el otro se vinculará con ella con la intención de lastimarla. Solución encontrada: aislarse.

El encierro y el aislamiento, ¿La hacen sentirse menos expuesta a ser defraudada nuevamente, la hacen sentirse contenida y más dispuesta a confiar? ¿O es justamente aquella solución la que genera mayor distancia con el otro, esperando y preparando el terreno para la anunciada traición?

Antonela está inmersa en un trastorno alimenticio. “Me veo gorda, no puedo comer sin sentirme culpable”. Problema aparente: no comer.  ¿Para qué evita comer? “Para no sentir que estoy haciendo algo mal, para bajar de peso y verme mejor”.

El no comer, ¿Disminuye el sentimiento de disgusto con ella misma? “En absoluto. Aunque todos me digan que estoy flaca, yo no me gusto”. Problema REAL a la vista: no aceptación de sí misma, baja estima y descalificación. Solución puesta en marcha: no comer, buscar mejorar la imagen corporal con el fin de afianzar su desvalorado sentido de sí misma.

Por lo visto, las estrategias implementadas resultan ser más problemáticas que los problemas nucleares.

¿O pensaban que fumar no acarrearía mayor ansiedad? ¿Y el encierro, mayor sensación de soledad y desconfianza? ¿Y la restricción en el comer, mayor desaprobación propia?

Investiguen. ¿Cuál es su problema actual?

¿Falta de decisión? (“¡No puedo rechazar una opción!”) ¿No concreción de metas? (“No me animo a pasar a la próxima etapa”) ¿Consumo de sustancias en exceso? (“¡Quiero escaparme de esta realidad que no tolero!”) ¿Continua confrontación con los demás? (“Creo que si bajo la guardia, me llevarán por delante”) ¿Agenda llena de actividades? (“No quiero tener tiempo libre en que pueda pensar en cosas que me angustian”) ¿Dificultad para delegar en el trabajo? (“Sin mi trabajo pierdo identidad”)

¿Son éstos sus problemas? ¿No estarán siendo éstas las soluciones que pusieron en marcha frente al problema de fondo que ha quedado entre paréntesis?

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¡Necesito un cambio!

agosto 8, 2011 at 8:31 pm (Presentacion)

Una vez pasada la primera mitad del año, aparecen los indicios de un balance aparentemente objetivo de lo que hasta aquí hemos realizado.

Algo de nuestra rutina nos está resultando tedioso, nos sentimos estancados, y empieza la lista…

“Tengo que buscar otro trabajo, ya cumplí mi ciclo acá”. “Quiero empezar a estudiar algo, sentir que me formo, que avanzo”. “¿Y si me mudo? A un lugar más grande..”  “Un viaje. Eso es lo que necesito para renovar el aire”. “Quizás debería generar más proyectos.. y hace mucho que mantengo el mismo grupo de amigos, es hora de conocer gente nueva”.  “Un cambio de look, paso por la peluquería, me voy de copras”.  “Necesito verme diferente”.

Como suele pasarnos, equivocamos la dirección hacia la cual interpretamos lo que nos pasa. ¿Acaso estamos en lo correcto creyendo que alguno de estos cambios externos saciará nuestra necesidad?

¿O, en todo caso, el sentirnos instalados y estancados en diversos ámbitos de la vida es un reflejo de un estado interno, más ligado a nuestro desarrollo emocional?

El progreso y las etapas suelen edificarse sobre la base de nuestra disponibilidad emocional. En ocasiones nuestro ánimo, relacionado a vínculos personales, estima propia, grado de autonomía alcanzado, madurez (entre otras tantas cuestiones) posibilita el avance en lo laboral, lo relacional, el ocio, el disfrute. En otros momentos cuestiones particulares quedan sin cerrar, sin ser elaboradas, y producen la sensación de estancamiento, como si nuestro ánimo se aferrara con uñas y dientes a lo inconcluso que, como una pesada bola de hierro, no nos permite avanzar (¡exigiendo su resolución!). Allí es cuando esta sensación tiñe a la totalidad de las distintas áreas de nuestro día a día.

 Vayamos entonces a la autoexploración:

¿Cuánto hace que se sienten así? ¿Qué ha ocurrido en sus vidas desde ese momento? Recorran sus estados. Rememoren vínculos familiares, personales. ¿Algo se ha modificado y todavía no lo han notado? Puede que hayan minimizado hechos, sin tener en cuenta que requerían de una elaboración.

Todavía están a tiempo. Regresen allí. Tomen distancia y evalúen. Tal vez sea el momento de registrar un cambio de posición, de actitud, o quizás sea el momento de ejercer aquel cambio, y pasar a la próxima etapa.

Si ha quedado algo por resolver, éste es el momento. Cerrar capítulos abrirá nuestra disponibilidad emocional para nuevos desafíos. Una vez que lo hacemos conciente, el estancamiento es aferrarse. Al soltarlo, abrimos los brazos a lo nuevo. 

Verán cómo el cambio que tanto ansiábamos se produce como por arte de magia. Después de todo, no olviden que sólo nosotros tenemos el poder de generar lo que nos pasa, y emprender de nuevo el viaje.

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Frente a mí

junio 1, 2011 at 2:04 am (Presentacion)

Hemos oído hablar mucho de la autoestima. Alta o baja. ¿Se puede medir la valoración propia? ¿Es una variable constante o se modifica en el tiempo? ¿Qué tanto depende la estima de mí mismo de la forma en que me haya sentido valorado en mi niñez?

 Los más racionales podrán decir en este punto que se consideran muy buenos en algunos aspectos, y menos en otros. Como el modelo de fortalezas y debilidades, cada cual puede evaluarse de una manera real y objetiva.

La autoestima a la que quiero referirme hoy va más allá. No se mide con números. No se expresa en cantidades, no es alta ni baja, sino que marca sobre todo cualidad. La cualidad con la que cada uno se describe, en última instancia, frente a los hechos y frente a los demás. Aquello que nos muestra el espejo al vernos reflejados en él.

 Y en esto siempre es mejor acudir a la experiencia para encontrar la información más verídica. Veamos en ejemplos la aparición de la estima del sí mismo.

Imaginen esa situación en la que lo planeado no salió como lo esperaban. Claudio no llevó el lunes aquella documentación tan importante que su jefe le había pedido el viernes. Su compañero, Pablo, no le  recordó la tarea luego del fin de semana. En cuanto el jefe a última hora nota que el papel no ha llegado a destino, Claudio no tarda en decirse, al instante, casi en secreto: “¿Cómo pude olvidarme de algo tan importante?” “Era mi responsabilidad llevarlo, debí acordarme” “¡Soy un inútil!”

Pablo se excusa: “Obviamente yo tengo muchas cosas para hacer, no podía recordar lo que tenía que hacer otro”. “A mí nunca se me hubiese pasado algo tan importante”. “Yo soy muy responsable, cumplo excelentemente con mi trabajo”.

 ¿Qué creen: la situación define a Claudio como inútil y a Pablo como responsable? ¿O es acaso una definición de sí mismos que ya tienen y la aplican como explicación a la situación?

 

 

Ciertamente, es la segunda opción. Claudio termina por llamarse a sí mismo “inútil”, cargándose de culpa por la tarea no hecha. Posiblemente ésta sea su forma de explicar muchas situaciones de su vida: su estilo internalizador lo deja siempre como responsable de las circunstancias. Su estima en este caso aparece reflotando por lo que él considera un error propio.

Y es muy probable que su característica de “inútil” se remonte a años y años. Se haya instalado y congelado. Resulta la perfecta explicación para cualquier imprevisto. Cualquier situación puede reforzarla.

La estima de Pablo también aparece, se piensa responsable, cumplidor. Su estilo externalizador suele poner fuera las responsabilidades. No se hace cargo de su parte en el asunto, de no haberle recordado a su compañero que debía realizar un trámite.

Si regresamos a nuestras vivencias de niños, puede que estos atributos que aplicamos  a nosotros mismos se basen en calificaciones hechas por los más cercanos. En especial en el caso de Claudio, donde la descalificación pudo haber sido la constante en lo que los otros le reflejaban de sí.

¡Ojo! ¿Quién dice hoy que Claudio es inútil? Ya no es quien de chico lo descalificaba. Ahora es él quien se apropió de esta cualidad.

Muchos en cambio suelen mostrarse inmensos, tan inmensos, que ni el más mínimo error les cabe. Su estima suele estar reposada sobre un ideal de perfección que roza lo egocéntrico, que no admite imperfecciones. Y, claro está, suele ser una estima compensatoria la que han desarrollado, la que demuestran con esa inmensidad, para contrarrestar y aplastar la pequeñez con la que se identifican al pensar en sí mismos (podríamos afirmar que quien se siente seguro de sí mismo no encuentra necesidad de mostrarse imbatible).

Es una manera de enfrentar la inseguridad propia, que es algo con lo que todos lidiamos.

La inseguridad surge frente a la percepción del autoestima. Algunos se inflan para no percibirla y evitar así sentirse inseguros, otros la perpetúan continuamente realimentando situaciones que terminan por cumplir la profecía (el “soy un inútil” ya predecía el error).

El camino a seguir es como el trabajo de las hormigas. Como siempre recomiendo, registren lo automático. Las calificaciones que hacemos hacia nosotros mismos suelen ser tan rápidas que no llegamos a prestarles la atención suficiente. Una vez registradas, pónganlas a prueba. ¿Hoy, ahora, se piensan de esa manera?

El pensarse desde una estima desactualizada de sí mismo, lleva a descreer de las propias capacidades, y no acreditarse los logros como propios.

Mantener una falsa imagen de seguridad hacia los demás implica un gran costo. Hacia adentro el dolor suele ser grande. Sincerarse y aceptar que no somos lo inmensos que nos mostramos, ni lo pequeños que nos sentimos, nos hace más reales, y más humanos, sobre todo, frente a nosotros mismos.

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Nosotros

febrero 15, 2011 at 3:05 pm (Presentacion)

Hay relaciones entre dos personas en las que el problema se define claramente. Quien acusa está seguro del error del otro, puede indicarlo con toda facilidad. Los oyentes de las quejas acuerdan, el problema está allí, eso es lo que se debe modificar.

Si acompañan el caso de la pareja en cuestión, probablemente pueda tomar varios cursos. Planteos, cambios, decisiones. El camino que vengo a plantearles esta vez es aquel en que, a pesar de haber definido ya el inconveniente, a pesar de la conciencia plena de lo que no está funcionando, la pareja se mantiene inmune a las intervenciones, a salvo de cualquier modificación, resguardada por una impenetrable muralla a su alrededor.

Cuando es tan clara la queja hacia el otro, ¿Qué es lo que hace que quien se queja del problema, tolere la situación y la mantenga? Como en un contrato implícito firmado entre ambos, cada cual parece cumplir con lo estipulado. ¿Qué se le juega a la parte aparentemente menos conflictiva y más funcional de la pareja?

Florencia se queja de que Sebastián es un inmaduro. “Estoy cansada de que priorice las salidas con sus amigos. No tiene límites, toma y fuma mucho. Constantemente le digo que tiene que dejar esa vida y sentar cabeza. No sabe organizarse, siempre lo ayudo a estudiar, le explico que tiene que aprender a administrar mejor sus horarios.”

¿Qué es lo que Florencia le brinda a Sebastián? Y, mejor aún, ¿Se les ocurre qué es lo que Sebastián puede estar brindándole a ella? Él cuenta con una fiel seguidora, alguien que lo limita, lo organiza, le plantea lo que debe y no debe hacer. ¿Se imaginan lo necesitada que hace sentir a Florencia? Gracias a él ella resulta imprescindible, útil, se asegura el ser querida mediante el ser necesitada.

Mariano está agotado de las continuas peleas con Cecilia. “Vive pendiente de lo que hago, cree que la voy a engañar, desconfía de mí en todo momento. Siempre tiene que saber a dónde voy y con quien. Me siento ahogado.”

Sin embargo, la relación entre Mariano y Cecilia se mantiene. Volvemos al ejercicio del ejemplo anterior. Cecilia parece ser una novia celotípica, su necesidad de controlar a Mariano es cada vez mayor. ¿Qué significará para él ser el centro de la vida de ella? ¿Le brindará seguridad saber que su novia estará siempre pendiente de él, y no sólo eso, sino que se lo hará saber? Posiblemente Mariano esté adquiriendo a cada instante crecientes muestras del interés –desmedido- de quien está a su lado.

Carla insiste en que Nicolás no comparte con ella proyectos. “Es muy pasivo, suelo ser yo quien toma  la iniciativa. Nunca propone actividades ni salidas, y siempre soy yo la que resuelve los problemas y toma las decisiones.”

¿Cuál estará siendo el complemento a la pasividad de Nicolás? ¿Toleraría Carla no jugar un rol tan activo en su pareja? ¿Acaso estar con alguien pasivo e indeciso no refuerza su identidad anclada en el accionar, solucionar, movilizar?

Como suelo advertirles, los ejemplos nunca son recetas. Nunca son fórmulas ciertas. En cada pareja existirán diversas significaciones que se juegan para ambos, diferentes de una pareja a otra. Los invito esta vez a focalizar en quien, a simple vista, no forma parte del problema, sino que es quien hace acuse del mismo. El mantenimiento de la situación requiere que ambos estén siendo beneficiados de alguna manera por el vínculo, aunque no sean concientes del beneficio que extraen. Así se forma el nosotros.

¿Se animan a ir más allá, en un nivel más profundo, que atañe a todas las relaciones entre dos?

Uno de los personajes de la novela de Irvin Yalom, hace referencia a uno de los significados que podemos llegar a asignarle a nuestra pareja, en relación con nuestra capacidad de vivir con nosotros mismos.

 “…Una relación matrimonial ideal sólo existe cuando no es necesaria para la supervivencia de los cónyuges. (…) Para poder tener una relación con otra persona, uno debe tener una relación consigo mismo. Si no somos capaces de abrazar nuestra propia soledad, utilizaremos al otro como escudo contra nuestra soledad. Sólo cuando es posible vivir como el águila, sin público, se puede amar a otra persona; sólo entonces puede importarle a uno que la otra persona crezca”.

Irvin D. Yalom, El día que Nietzsche lloró, Editorial Grupo Planeta, página 407.

 

¿Se animan entonces a derribar la muralla que los resguarda? ¿A trazar nuevos puentes?

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¡Stop!

noviembre 20, 2010 at 5:59 pm (Presentacion)

¿Cuándo nos retiramos? ¿De qué nos retiramos? ¿Por cuánto tiempo?

Imaginen a qué acciones pueden colocar en el marco de la retirada. Dormir es la retirada por excelencia. Callar, parar, descansar, la quietud, la soledad. Podemos retirarnos de actividades, lugares, situaciones. Retirarnos es el complemento de contactarnos.  Una vez lograda la satisfacción de nuestra necesidad, nos retiramos y descansamos. Es el ritmo natural de la vida. Despertar, accionar, y luego dormir. Hablar y luego callar. Compartir con los demás, y luego estar solos.

Culturalmente hemos construido un prejuicio contra ese ritmo natural. Vemos con mayor simpatía al sociable que al solitario, al activo que al sereno. Gana la productividad frente al desgano. La certeza siempre es preferible a la confusión, la decisión a la duda!

¿Han pensado alguna vez si respetan el ritmo vital?  A veces no sabemos claramente cuándo retirarnos. A veces nos retiramos demasiado pronto, y no permitimos que se establezca un buen contacto. Otras veces tardamos tanto en retirarnos que el contacto se hace extenso, difuso. Es el caso de quien queda aferrado en el contacto con el objeto que satisface su necesidad. No sabe si es tiempo de retirarse, si ha recibido lo suficiente o si debe permanecer un rato más.

Le es difícil identificar el momento preciso de su salida. Esto se juega en quien padece de insomnio. No puede retirarse del mundo conciente para descansar. O quien evita quedarse solo, en silencio, y busca constantemente compañía. Quien en todo momento permanece “enchufado”, entre celular, televisión y computadora. Quien va a toda velocidad, y no puede parar. ¡Que difuso se hace el contacto entonces!

Puede no registrar las sensaciones de cansancio, fatiga y agotamiento de su cuerpo. Está confundido. Suelen ser entonces los síntomas físicos los que terminan expresando la necesidad de parar.

El prejuicio y la dificultad para retirarnos, así como el miedo a parar, a dormir, a la soledad, al silencio, suelen vincularse con el miedo al detener último, a la muerte. Cada retirada implica una muerte del momento que fue. La continua renovación del momento presente, el cambio, sólo puede ser recibido si se da fin, muerte, al anterior.

Al quedarnos pegados a una situación, y evitar su finalización, evitamos sensaciones que nos movilizan (porque nos traen algo de nosotros).

“Uno de los objetivos que la experiencia terapéutica persigue es la apertura a la variedad de ritmos que hay en nuestras vidas. Nos pone frente a la riqueza del silencio y a la necesidad de reposo. Cuando un paciente calla y se siente ansioso, lo estimulo a prestar atención a la cualidad y las sensaciones de ese andar allí sin palabras. Las palabras llenan la laguna de la ansiedad, ésta plantea cuestiones específicas no enfrentadas antes y proporciona el combustible necesario para la resolución de problemas”.

(Joseph Zinker, El proceso creativo en la terapia gestáltica, editorial Paidós, pág. 94)

Comiencen por atrapar aquellos instantes en que les resulte difícil retirarse. ¿Qué pasa si esa noche deciden quedarse a descansar en casa en lugar de salir? ¿Y si en una reunión permanecen callados unos instantes? ¿Podrían dedicar un tiempo diario a estar inactivos? ¿Podrían apagar el celular, la computadora, la televisión?

Enfrenten las sensaciones que el retiro pueda generarles, y aprópiense de ellas. Suelen ser mensajes que abren puertas a situaciones inconclusas.

No pretendan cumplir con mandatos sociales que idealizan la actividad y menosprecian la pasividad. Cumplan tan sólo con los mandatos de sus propias necesidades y elecciones.  

“Preferiría vivir una vida en que pudiese estar con otros cuando yo lo eligiera y disfrutar de mi soledad cuando me gustara. De buena gana me daría permiso para sentirme satisfecho conmigo mismo o para criticarme, en vez de magnificar aquellas partes de mi vida que están bien. Me gustaría enseñar a mis pacientes a permanecer junto a la dulzura, la frescura y la pureza de su timidez y su embarazo, y a dejar que esos estados irradien en una conciencia recién abierta. Las cualidades infantiles y la capacidad de juego son tan significativas, en el ritmo de la vida, como la serenidad adulta. Es importante para uno apreciar su confusión y permanecer en ella hasta que se hace la claridad”. 

(Joseph Zinker, El proceso creativo en la terapia gestáltica, editorial Paidós, pág. 94)

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Nuevas voces

septiembre 30, 2010 at 7:09 pm (Presentacion)

Esta vez les propongo que jueguen a ser terapeutas de sí mismos. Para eso, intentarán dilucidar la pregunta que repetidamente deben plantearse: “¿Qué me pasa?”

Si han intentado responderla desde el intelecto, razonando y teorizando, o desde la emoción, atentos a sus expresiones y sensaciones, y aún siguen perdidos, hoy les presento una nueva herramienta.

Derribando el antiguo paralelismo mente-cuerpo, hoy nos regimos por la idea de que tanto las manifestaciones físicas como las mentales son del mismo orden: manifestaciones de nuestro ser. Los gestos, posturas y actitudes suelen demostrar más auténticamente nuestro estado, que nuestros pensamientos y palabras.

Cuando estas vías de expresión permanencen bloquedas por mucho tiempo, se oxidan, y se hace necesario aprender a reutilizarlas. También es necesario mantenerlas en ejercicio constante, ya que lo que nos sucede se actualiza minuto a minuto. ¿Qué podría suceder si la no-expresión se rigidizara y fuera la única forma de funcionar? Lo que ni la mente ni las emociones expresan, queda registrado en el cuerpo.

Muchas veces inmersos en el ritmo cotidiano olvidamos reparar en lo que nos sucede, tenemos demasiadas cosas que hacer como para detenernos. En ese momento, un mensaje quedó sin leer, sin ser escuchado. El “qué me pasa” lo dí por entendido. Nuestras emociones se frenaron, se bloquearon, se taparon. El pensamiento aprovecha para distraernos con cosas por hacer, preocupaciones, planes y ocupaciones. Y es en el cuerpo donde se aloja lo pendiente. Allí, en nuestro cuerpo, el mensaje perdido llega a destino.

Y el cuerpo nos da señales de aquel mensaje. Un dolor de cabeza, una punzada en el estómago, descompostura, contracturas, insomnio, mareos, acné,  picazones, caspa, disfonía.

¿Qué “carga” habré llevado a cuestas sin darme cuenta, que ahora se aloja en la contractura que sufro en mi espalda?  ¿Qué me genera tanto rechazo que me broto con una reacción alérgica de ronchas y picazón?  ¿Qué provocó en mí esos nervios que me retorcieron el estómago hasta sufrir una descompostura?  ¿Qué me callé, que terminé sin voz, con disfonía?   ¿A qué le temo, dónde me siento inestable, que se me presenta con mareos y ahogo?

Traduzcamos algunos de los mensajes que se alojan en estas molestias del cuerpo. La contractura es una señal que me advierte de la sobrecarga de tensión que estoy soportando. La disfonía puede manifiestar el bloqueo de la expresión propia, del decir. El mareo y el ahogo funcionan como señales de la sensación de inestabilidad e inseguridad que siento.Tengan siempre en cuenta que tomamos las señales como metáforas, y que ninguno de estos significados pretenden configurar un manual de traducción de síntomas. Tan sólo los utilizamos como ejemplos. En cada caso, el sentido será distinto.

Cada señal me lleva a un mensaje, cada mensaje a una necesidad. Mi necesidad de descargarme de la tensión, de  hablar lo que callé, de hallar bases más seguras para no marearme.

Registren las señales de su cuerpo. Cualquiera que sea esa señal, recuerden, sólo ustedes podrán leer en ella el mensaje oculto. Porque ese mensaje habla de ustedes mismos. No tomen palabras y sentidos ajenos ni preestablecidos. Sólo ustedes son capaces de llenar de sentido sus síntomas. Eso les dará una pauta de qué les anda pasando, y qué están necesitando.

Escuchen estas nuevas voces del cuerpo. Así lo aconseja Eckhart Tolle:

“…Cuanta más conciencia trae el cuerpo, más fuerte se vuelve el sistema inmunológico. Es como si cada célula despertara y se alegrara. Al cuerpo le encanta la atención que usted le presta. (…) La mayoría de las enfermedades entran cuando usted no está presente en su cuerpo. Si el amo no está presente en la casa, todo tipo de personajes sombríos se alojarán en ella. Cuando usted habita su cuerpo, será difícil que los huéspedes indeseados entren.”

(Eckhart Tolle,  , El poder del ahora. Un camino hacia la realización personal, Editorial Norma, pág. 148)

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Basada en hechos reales

septiembre 1, 2010 at 2:52 am (Presentacion)

Esta vez me gustaría acercarles una experiencia que viven día a día, de la cual quizás no se hayan percatado aún. Hablo de la construcción de nuestra identidad, de aquel mecanismo por el cual diariamente mantenemos el sentido de ser nosotros mismos, de una misma personalidad.

No crean que construir la identidad es un proceso exclusivamente teórico, abstracto, invisible. A medida que experimentamos cada situación, la vamos catalogando. Dotamos de sentido a lo vivido. ¿Qué significó? ¿Cómo lo viví? ¿Qué sentí? ¿Junto a quienes? ¿Cómo fueron los demás conmigo?

Nuestro principal instrumento para dar sentido a estos datos es el lenguaje. Con el lenguaje traducimos nuestras experiencias en historias. Nos narramos (somos relatores) lo que vivimos, lo que eso significó para nosotros, las conclusiones extraídas, vamos armando las creencias acerca de nosotros mismos en interacción con los demás. Lo ponemos “en palabras”.

“…La experiencia que se tiene del mundo es esencialmente de naturaleza intersubjetiva. El instrumento con el que se construye la interubjetividad es el lenguaje, entendido (…) como vehículo de construcción de un mundo de significados compartidos. La explicación del mundo y de nosotros mismos posee, por eso, una estructura narrativa.”

(Antonio Semerari, Historia, teorías y técnicas de la psicoterapia cognitiva, Editorial Paidós, pág. 81)

Es nuestra historia. Y se la contamos a los demás. Y nos la contamos a nosotros mismos. Lo interesante es prestar atención a las características que como narradores le damos al protagonista (narrador y protagonista conforman aquí partes del sí mismo).

Focalicen un momento en su forma de presentarse ante los demás, de expresarse, de conversar. Allí está implícita la historia que cuentan sobre ustedes mismos. Esa es la película que se está rodando. Toda nuestra vida fuimos enhebrando relaciones con los otros, de una manera particular, propia. Cuando conversamos, nos expresamos, dejamos traslucir esa manera de relacionarnos, nos catalogamos, nos ponemos adjetivos.

Martín se define como un trabajador innato: “Desde chico me gustó trabajar y ocupar mi tiempo productivamente. Doy resultados, soluciono problemas. No pierdo tiempo en detalles, voy al grano y actúo. Soy efectivo. Saco provecho de cada situación, todo es cuestión de intereses, hasta las relaciones con los demás.”

Carola dice “Yo amo el arte, lo necesito en mi vida. Siempre fue mi canalizador, mi cable a tierra. Soy una mujer sensible, suceptible. Las cosas me afectan. Quizás porque soy demasiado vulnerable los demás se aprovechan de mí.”

“Yo siempre fui la calentona de la familia. -Vos reaccionás mal- me decían. Digo las cosas agresivamente, creo que no me salen de otra manera. A veces pienso que los otros tienen miedo de decirme algunas cosas”, cuenta Paola.

“Me encanta dormir, estar en mi casa sin hacer nada. Soy vago, nunca me gustó estudiar ni ir al colegio. Busco la forma de hacer las cosas de la manera más fácil que haya. Por eso a mucha gente le caigo mal, no encajo en algunos ámbitos.”, explica Sebastián.

¿Son estas descripciones objetivas? ¿Realidades obvias? ¿Verdades?

Seguramente para varios de nuestros ejemplos así lo sean. Día a día se cuentan esta historia, la de ellos mismos frente a los demás, frente al mundo. Una película basada en hechos reales, pero traducida a palabras. Traducida a sentidos, significados, aprendizajes. Un modo de ser construido, y, muchas veces, cristalizado. Una manera de relacionarse ejercitada, que ahora predice lo que hará y responderá el otro.

¿Puede confirmar Carola que su vulnerabilidad la convierta en victima del aprovechamiento de los demás? ¿O Paola que los otros tengan miedo al hablarle? ¿O Sebastián que no encajará en ciertos ámbitos por ser “vago”? ¿Todas las relaciones de Martín estarán basadas en obtener réditos?

 “Efectivo”, “vulnerable”, “calentona”, “vago”. Adjetivos que estos narradores adjuntan a su protagonista. A ellos mismos en el rol de personajes casi caricaturescos. ¿Habrá posibilidad en esta película de sus vidas para actitudes, rasgos, salidos del guión?

Propongamos un cambio.

“Cuando una persona se dirige a una terapia siempre tiene una historia que contar, cuyo sentido está implícito en la estructura narrativa de la conversación. (…)”

“La psicoterapia representa, por tanto, el contexto dentro del cual el paciente puede identificar su modo especial de funcionamiento mediante la comprensión de los prototipos narrativos y puede también construir y proyectar escenarios alternativos.”

(Antonio Semerari, Historia, teorías y técnicas de la psicoterapia cognitiva, Editorial Paidós, pág. 81, 82)

Cuestionemos entonces esa identidad armada, y busquemos finales alternativos. Demos lugar a seguir construyendo nuestra historia, diversificándonos cada vez más frente a los otros. Que Martín se permita disfrutar de una relación “no productiva”, Carola reconozca su lado fuerte y seguro, Paola su lado sensible y empático, Sebastián encuentre su motivación, su deseo.

Escúchense, reconózcanse en su historia. Agreguen hojas en el libreto, pues esta obra aún se sigue escribiendo. Den vida al personaje, que sea él quien diga qué escribir al autor. Que la película de su vida tenga un final abierto.

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¡Pido!

julio 26, 2010 at 8:39 pm (Presentacion)

Muchas veces entre las parejas o los vínculos más cercanos entre dos personas, se entreteje una suerte de nebulosa, de misterio, de incógnita. Lo no dicho da lugar a miradas y maniobras que buscan satisfacer tanto al otro como al sí mismo. 

Comiencen buscando dentro de sus experiencias más próximas, un sentimiento en particular: el resentimiento. Pueden sentir resentimiento por su pareja o por su amigo más íntimo, por su amiga confidente, su madre, alguno de sus hermanos, su padre, etc.  Podemos identificarlo como una emoción de bronca, rencor, injusticia, sed de venganza, de redimirse.

 Ahora relacionen el resentimiento con la situación particular en que se originó, e intenten plasmarlo en una frase.

Hacia su pareja podría ser: “Estoy resentida porque  no me acompañaste a aquella salida que era tan importante para mí”.                                                                                                    Hacia su amigo: “Estoy resentido porque desde que estás de novio cortaste el contacto conmigo”.                                                                                                                                                Hacia su madre: “Estoy resentida porque fuiste fría y distante cuando estaba mal”.

Sigamos en el camino de clarificar aún más estas frases, tratando de despegarlas de las situaciones particulares en las que se originaron.

Hacia su pareja, ahora dice: “Estoy resentida porque no ves lo que necesito, no me acompañás”.                                                                                    Hacia su amigo: “Estoy resentido porque ya no compartís nada conmigo”.                                                                                Hacia su madre: “Estoy resentida porque sos fría y distante conmigo”.

¿Pudieron sintetizar sus resentimientos?

Resultan muy claros al verlos escritos, aunque recuerden que quizás ninguno de ellos haya sido dicho. Si tomamos las últimas frases de nuestros ejemplos, veremos que son planteos negativos, ya sea porque incluyen algo que el otro NO hace, o porque critican la forma en que lo hace.

Partir de nuestro resentimiento nos permite identificar cuáles son las exigencias que se encubren tras este sentimiento.

La esposa o novia probablemente tenga ganas de expresarle a su pareja: “¡Prestá atención a lo que necesito!” o “¡Acompañame!”.                                                                            Él, al pensar en su amigo entrañable al que ya no ve porque está en pareja, le diría: “¡Compartí algo conmigo!”, “¡Acordate de mí!”.                                                                                  Y la hija, enérgicamente le pide a su madre: “¡Sé cálida conmigo!”, “¡Acercate!”.

 Ya habrán notado entonces, que el próximo paso es traducir sus resentimientos en exigencias. Intenten hacerlo tal como en los ejemplos, lo más intensamente posible, con toda la carga de emoción necesaria, exclamando y expresando sus pedidos a gritos. Así podrán oírlos ustedes mismos, y luego serán capaces de hacer que los escuche el otro.

Cuando al comienzo del artículo hablaba de un misterio, una incógnita que se establece en los vínculos, me refería a todas aquellas exigencias que de un lado y del otro se plantean, sin decirse.

Y al no cumplirse, generan resentimientos, emociones negativas, peleas y enojos. Cual bruja o mago, cada uno pretende que el otro lea sus pensamientos,                               adivine sus deseos.

Tal como lo relata Stevens:  “Un problema mucho mayor es que la mayoría de las exigencias no son expresadas abierta y directamente. Por lo general, no quiero asumir la responsabilidad de ellas, de modo que las oculto y disfrazo en dulces requerimientos, sugerencias, preguntas, acusaciones e incontables manejos. Me gustaría que satisficieras mis deseos sin necesidad de tener que pedírtelo. Si te planteo una exigencia directamente, corro el riesgo de que te niegues a cumplirla, o podés señalar que mi exigencia es irrazonable o imposible (…). Mis exigencias pueden volverse tan confusas que vos no puedas satisfacerlas, aun deseándolo”.                                                                                                                                                                          (John John O. Stevens, El darse cuenta, Editorial Cuatro Vientos, pág. 142).

Seguramente luego de clarificar mutuamente nuestras exigencias, lleguemos a la conclusión de que algunas de ellas yo no podré satisfacer, y otras vos tampoco. El expresar nuestros pedidos hacia el otro no significa que deba cumplirlos. Sólo hace al diálogo más honesto y sincero, para así poder saber qué necesito de vos, qué necesitás de mí, qué puedo darte y qué no, qué podés darme y qué no. Qué tendré que buscar en otro sitio, qué tendré que resignar.

Podremos llegar a un acuerdo o no, lo importante es que las peticiones sean claras, para mirarnos a los ojos y disolver la nebulosa y acercarnos más, o aceptar que cada cual emprenda otro camino para satisfacer sus deseos.

“…en el mundo real nada puede igualar su ideal, pero cualquiera sea la solución que puedas hallar será con mucho preferible a la interminable lucha que deriva de exigencias enmascaradas y un continuo exigir aquello que alguien no puede o no está en condiciones de otorgar”.

(John O. Stevens, El darse cuenta, Editorial Cuatro Vientos, pág. 143).

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El poderoso poder

julio 1, 2010 at 2:21 am (Presentacion)

¿Les gustaría sentirse poderosos? Sentir que realmente pueden. ¿Alguien tiene la receta? Comencemos por revisar con qué dificultades nos encontramos día a día para sentirnos con poder.

Empiecen por buscar y registrar aquellos momentos en que su sensación es la de estar presos de alguna circunstancia, sin opciones, ahogados, agobiados. Esas instancias en donde se sienten sin posibilidad de elección, desesperanzados, hasta quizás enojados o desmotivados. Allí donde suele aparecer el sinsentido, el desgano.

La queja entonces encuentra fuerza para comenzar a dispararse en diversas direcciones.

Aquella oficinista que constantemente se queja de su horrible trabajo, que debe mantener para solventar sus gastos, vivencia como un infierno su ocupación. Sólo espera llegar al fin de semana para sentirse viva.

Un joven que no consigue trabajo ni pareja, se queja de su desdichado destino, termina por deprimirse y desesperanzarse acerca de su futuro.

La queja realmente se apoderó de ellos, las circunstancias tienen ahora el poder. Los sujetos se sienten vencidos, ya no dan lucha. ¿Cómo se recupera el poder perdido?

Seguramente hay un punto de partida en el cual nuestros sujetos estén equivocados. Seguramente odian estas circunstancias en las que les toca vivir, y lo único que quieren con fervor es cambiar. En sus discursos se dicen constantemente lo que deberían estar haciendo. Pretenden cambiar convirtiéndose en algo que no son.

¿Acaso podemos sentirnos con el poder de cambiar, si lo único que creemos con certeza es que debemos ser lo que no somos hoy? Allí está el primer error. El cambio no devendrá de las circunstancias, ni mucho menos de una conversión del sí mismo. El cambio proviene de la aceptación.

En cuanto alguien se impone lo que debería ser y hacer, evita percibir lo que está siendo. Comienza entonces una pugna entre lo que es y lo que pretende ser. Tira de la cuerda de ambos lados, mientras la fuerza ahoga más y más al sí mismo.

En el momento en que estamos concientes de lo que somos y hacemos, y lo aceptamos (nos amigamos con nosotros mismos), dejamos de luchar contra eso. Nos hacemos responsables (capaces de responder). En cuanto somos responsables, la fuerza está ahora de nuestro lado, está en nuestras manos el poder de seguir actuando de la misma manera o cambiar.

Tal como dice Claudio Naranjo: “La responsabilidad no es un deber sino un hecho inevitable: somos los hechores responsables de cualquier cosa que hagamos. Nuestra única alternativa es reconocer tal responsabilidad o negarla”. (Claudio Naranjo, La vieja y novísima Gestalt, Editorial Cuatro Vientos, pág. 22)

Hacernos responsables de nuestra existencia implica aceptar no sólo nuestras acciones sino también nuestra visión de la realidad, las creencias a las que respondemos, las emociones que sentimos.

Ahora ni el muchacho sin suerte ni la oficinista desdichada pueden culpar a sus tristes destinos. Ahora él registra su falta de confianza, su incredulidad con respecto a sí mismo. No se cree capaz de conseguir trabajo, y menos aún una novia. Tiene una visión negativa de su entorno. Sólo si consigue aceptarse en esta verdad, recogerá el poder que ha entregado a las justificaciones y causas externas a las que atribuía su malestar. Con el poder en sí mismo, sentirá que puede cambiar. 

Ella percibe su pasividad, su sometimiento al malestar diario. Se hace responsable de cómo vive su propia vida. No espera nada estimulante del mundo, pues no espera nada más de ella misma. Su trabajo viejo y rutinario la hace infeliz, pues al aferrarse a sus mecanismos conocidos y no permitirse lo nuevo y diferente se hace infeliz. Ahora ella es responsable de aferrarse, de no querer volar. Ahora que lo sabe, lo acepta. Ella es así. Ser así hoy y no juzgarse ni culparse por ello le da poder. Le da el poder de buscar lo que necesita. Sólo partiendo de la conciencia de sí misma, de su realidad, puede vislumbrar su necesidad y atenderla. Sólo ella podrá percibirla.

 Después de todo, sólo siendo concientes de lo que somos y aceptándonos sin prejuicios es que nos hacemos responsables (¡y no culpables!) de nuestra propia vida. Y que mayor poder que ese, que el sentir que lo que somos depende de nosotros, y que no hace falta ser otro, sino no evitar ser uno mismo.

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Desenmascarando

mayo 27, 2010 at 4:15 am (Presentacion)

Empecemos esta vez con un ejercicio. Tomen una hoja en blanco y escriban una debajo de otra, oraciones que comiencen con “Soy…”. Pueden poner adjetivos, características, virtudes, defectos, profesiones, oficios, todo lo que se les venga a la mente. Nadie más que ustedes verá esta hoja.

Seguramente la lista sea extensa. Vuelvan a leer cada frase. ¿Realmente alguna los define por completo? Quédense meditándolo, ya volveremos sobre este punto.

A medida que nos vamos construyendo como sujetos, vamos posicionándonos en diversos roles, por ejemplo según el círculo social donde nos encontremos. Quizás en mi casa “Soy cariñosa”, con mis amigos “Soy chistosa”, y en el trabajo “Soy responsable”. Probablemente fueron roles que inicié en épocas tempranas, pero que luego fui actualizando según mi necesidad. El poder flexibilizar nuestros modos de ser nos hace funcionales al medio.

El problema surge cuando alguno de estos modos de ser nos toma por completo, se apodera de nosotros creando una falsa identidad, un personaje que no contacta con el medio en que se encuentra. Tomemos el ejemplo de Santiago. En su infancia siempre fue alegre, divertido, chistoso, activo, viendo siempre el lado positivo de las cosas, mostrándose fuerte frente a situaciones difíciles. En aquel entonces posiblemente sus necesidades respondieran a las características de un medio particular. Encarnando estas cualidades, no sólo se resguardaba a sí mismo de situaciones dolorosas, sino también a quienes lo rodeaban. Él siempre estaba contento. Siempre era motivador compartir un rato a su lado. Jamás se lo veía serio, ni triste, y menos aún enojado.

A medida que fue pasando el tiempo, el medio en el que se encontraba Santiago comenzó a diversificarse. La necesidad que surgió en un primer momento de un medio que le exigía mostrarse siempre alegre y divertido ya no era real. Ahora sí tendría la oportunidad de escuchar otras necesidades propias: la expresión de su tristeza, de su descontento, de su enojo, hasta de su desgano. Pero fue tan fuerte la identificación que creó con aquel personaje, que ya no puede separarse de él. En el trabajo es el más alegre y sociable, siempre llega con una sonrisa. Es el contador oficial de chistes. Con sus amigos es igual de divertido, no hay reunión aburrida si Santiago está. Y ustedes se preguntarán: ¿Qué pasa si alguien llega a la reunión triste, con una mala noticia para contar a los demás? Santiago no lo tolera, le produce un gran conflicto, un gran malestar.

Empecemos a ubicar estas características rígidas del personaje armado en nuestro ejemplo. Como dijimos antes, seguramente hayan sido necesarias en determinado momento de la vida, para responder a un medio particular, y a la vez poder satisfacer las propias necesidades. Podríamos decir que la persona tomó casi sin digerir características para armarse una coraza de “yo soy…”. Digo casi sin digerir porque en estos casos, la característica o el rasgo que se toma del medio no se mimetiza o asimila en la personalidad del sujeto, sino que se impone como una máscara.

En el momento en que este introyecto se generó (vamos a llamar introyecto a aquello que repetimos sin digerir, sin preguntarnos para qué) puede haber sido funcional. Hoy evidentemente ya no lo es. ¿Por qué? Primero, porque ya no existe un medio que requiera que Santiago sea alegre y divertido en todos los ámbitos donde se encuentre. Segundo (¡y principal!) porque este modo de ser tan rígido le trae malestar y conflicto con los demás. En cuanto se cruce con alguien que no esté feliz y contento, sino al contrario, desmotivado, triste, deprimido, no lo tolerará. Querrá alejarse rápidamente de allí, sin que la tristeza llegue a su puerta. Acá es cuando vuelven a aparecer las ya conocidas proyecciones.

Y es que si no tolera percibir ni contactarse con alguien con las características opuestas a su “personaje”, es que esas características son las que no puede integrar en su ser. Este personaje rígido ha abarcado de tal forma su personalidad, que necesita proyectar al afuera aquellas partes que atentan contra su esencia. No tolera la tristeza ni la depresión, por eso las expulsa al medio, y esto se le presenta como intolerable encarnado en otra persona. Es ahí cuando va cerrando sus vínculos, porque ya no puede vislumbrar ni una mínima parte de aquello que no tiene integrado. Y está claro que es en este punto donde su personaje, su forma de ser (que ya no es una forma, sino La forma), le es disfuncional. Es momento de ponerla en duda.

Si les resulta difícil, háganse una pregunta: ¿Para qué sostengo este personaje en todos los ámbitos de mi vida? Si la respuesta tiene relación con esconder aquel opuesto que me hace sentir indefenso, que me quita seguridad, identidad, claramente tiene que ver con el momento pasado en que el personaje se creó. Anímense a traer aquel opuesto ante ustedes. Seguramente hoy ya no sea igual el peligro que perciba Santiago por ser menos chistoso, menos alegre, y más auténtico con sus emociones verdaderas. Seguramente con esa máscara se sigan defendiendo de situaciones anteriores que así lo requirieron. ¡Pero cuidado! Miren a su alrededor y actualicen los datos. Quizás la máscara ha estado tan fijada a sus ojos que no se percataron de que el medio cambió.

Volvamos al ejercicio. Tomen de nuevo la hoja. Revisen por si se les ocurre alguna otra oración. Deben ser muchas las palabras y adjetivos, muchos los personajes y roles que encarnan en cada ámbito de su vida. 

Por un instante hagan a un lado la hoja, descarten todas las frases que comienzan con “Soy…”. Despójense de las etiquetas. Estén presentes, sin máscaras.

 ¿Qué les queda? ¿Qué son? 

Nada. Nada de caretas ni roles ni personajes ni etiquetas. Sólo un terreno limpio, amplio, extenso. Sólo ustedes, llenos de posibilidades para ser de infinitas formas.  Para ser, desenmascarados.

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